jueves, 20 de junio de 2019

Repatriando a Hudson, primeras impresiones


 La pregunta común sobre él es "¿Es W.H. Hudson  argentino o inglés?" Felipe Arocena (2009) afirma que los escritos de Hudson cruzan cualquier barrera cultural, traspasan lugares geográficos, y agrega que la visión de Hudson impregna todas las fronteras nacionales, sociales y educativas. Para Arocena (2009) esto se denomina Glocalización.





La Asociación Amigos del Parque Ecológico Cultural Guillermo Enrique Hudson fundada en 1941 que se encuentra en el actual partido bonaerense de  Florencio Varela (anteriormente  Quilmes), mantiene viva la presencia de Hudson. Su misión es preservar el medio ambiente, ese  que fue un testigo silencioso de su nacimiento, así como también su obra literaria pródiga a través de su valoración y difusión. Los miembros de este Parque Ecológico y Cultural realizan actividades relacionadas con Ecología y Literatura junto al Museo. Su director es el Sr. Aníbal Rubén Ravera quien dijo: "Hudson fue la fuerza impulsora detrás de la primera ley para proteger a las aves de manera efectiva, en un momento en que fueron exterminadas para obtener plumajes".
A nivel personal, allá lejos y hace tiempo, me regalaron una caja con muchos libros cuando tenía doce años. Lo que había dentro, me llevó al punto de partida de mi interés en Hudson. En ese momento estaba teniendo mis primeras clases de inglés, clases que disfruté con profundo placer, pero que mi padre -a veces- no podía pagar. Además, no tenía ningún libro en inglés, pero de alguna forma siempre conseguí leer o copiar textos de  buenas y compasivas compañeras. Mi padre solía ganarse la vida como un humilde trabajador metalúrgico, y, aunque mi madre, mis dos hermanas y yo teníamos para comer y vivir con dignidad, el dinero no era suficiente para los libros. El jefe de papá, que disfrutaba de un mejor nivel de vida, también tenía tres niñas que habían estudiado inglés. En ese momento estaban en sus treintas y a punto de casarse por lo que estas mujeres decidieron deshacerse de algunos libros que tenían en su biblioteca. Su padre les contó sobre nuestra situación, y los libros fueron colocados y guardados ordenadamente dentro de una caja, la misma que días más tarde, recibiría como el mejor regalo de todos.
Había muchos libros en inglés, todos muy útiles para mis cursos, pero encontré uno que me ha guiado desde entonces. La imagen de una niña que estaba iluminada por brillantes rayos de luz, inclinada sobre una gran piedra, rodeada de espesa vegetación en la portada del libro fue lo que llamó mi atención al principio. Era añejo y bastante extraño, ¡pero fue muy inspirador! El nivel de inglés que tenía era demasiado difícil para una niña de doce años; sin embargo, me ofreció un nuevo desafío. ¡Maravillosa fue la sorpresa cuando supe, muchos años después, que William Henry Hudson era tan quilmeño como yo! Recuerdo que en aquel momento solo pude entender el título y, observando solo la ilustración de portada creada por Sheilah Beckett, todos mis sentidos se agudizaron y pude comenzar a inferir, imaginar, vivir y disfrutar parte de su historia. Sentí que podía volar en libertad, como un colibrí, en el sentido y espíritu que William Henry Hudson, el  quilmeño describió a las aves en su baile aéreo. Ese libro fue Mansiones Verdes.
Muchos años después, visité el Museo de Hudson en Florencio Varela, Provincia de Buenos Aires. No puedo describir lo que sentí en ese momento. Mi mente fue embestida por una especie de visión, un espíritu, una energía que susurró amablemente en mi oído, como si me eligiera para devolverle la vida. En ese momento supuse que era mi sed de más conocimiento sobre Rima. Ahora, estoy segura de que era ella. Rima, de alguna manera me ha tomado de la mano. Esa trémula mano que  Hudson tomó y eligió para sintetizar con su pluma en 1904 su amor por cada movimiento, canto y hábito de pájaros; su compromiso con la protección de las aves, con la ecología y principalmente con la naturaleza.
Por lo que expresé, el presente trabajo surge de mi interés de explorar y analizar a Rima de William Henry Hudson desde diferentes perspectivas valiéndome de eco teorías y conceptos pertinentes para esta investigación.
En el frío enero europeo  del 2017, visité el monumento a Rima. Recuerdo que me senté en un banco de madera, en frente del Memorial y comencé a observar cómo los pájaros revoloteaban por ese lugar bebiendo agua en ese perfecto, angosto y largo canal. Para mi perplejidad vi dos jaulas inmensas colgando de dos robustos árboles al costado de la estatua de Rima. Un sentimiento de injusticia e incomprensión se apoderaron de mí. Instante seguido me pregunté ¿qué pensaría Hudson si viera estas dos grandes jaulas dispuestas en el lugar de su homenaje? Ironías de la vida, pensé. Pero me quedé con un sabor amargo e injusto, porque la jaula es todo lo contrario a la libertad, al vuelo y a la expansión. Como estaba decidida a quedarme meditando sobre Rima, su simbología y la vida de Hudson que parecía hablarme, me quedé sentada un largo rato. Repentinamente vi venir un hombre vestido de guarda parque inglés con una abultada bolsa en su carrito móvil. Abrió la llave del candado que impide el acceso a la estatua y abrió primero una jaula. La llenó de alimento para aves. Luego hizo lo mismo con la segunda jaula. Y se retiró, sin antes sacarme una foto en el lugar. La alegría, la empatía y el inmenso amor que mi cuerpo sintió en ese momento, me erizó la piel. Al rato, cientos de pájaros vinieron al lugar a comer de esas semillas que regalaban las jaulas al ser mecidas por la fría brisa apurada del invierno. Mi cuerpo, mi alma se estremecieron de una incrédula sensación de justicia que los ingleses tienen reservada para Hudson y su ejemplar memoria.
En ese instante, me avergoncé de haber pensado tan injustamente y me dediqué a disfrutar de esa majestuosa escena en Hyde Park.